Desde mi ventana, en las noches, alcanzó a ver la carretera. Y ocasionalmente, veo pasar por allí algún automóvil, si tengo suerte, estoy despierto cuando pasa algún tráiler con su caja muy bien iluminada. Eso me gusta.
Recuerdo que cuando volvía del trabajo, podía ver los automóviles estancados en el sentido contrario de la avenida, formando río de luz bastante lento, como empantanado; esa era una de las peculiaridades de trabajar en la periferia y vivir en el centro. Cuando toda la gente salía del trabajo, volvían a la periferia, dejando las vías hacia el centro lo suficientemente despejadas para no tardar tanto. Yo solía pensar que esa era una ventaja, pero la verdad es que terminé asfixiándome en esa rutina extenuante.
Los taxis en los que solía volver a casa, casi siempre escuchaban un programa de radio bastante popular que a mi en lo particular no me agradaba. Sin embargo, a veces escuchaba un poco de Jazz o incluso música clásica. Recuerdo incluso que hubo varias veces que abordé a un mismo taxista que escuchaba boleros, los que no me desagradaban, el problema era que si ese día salía muy cansado del trabajo, me daban mucho sueño. De cualquier forma, me hacían sentir bien, pues me recordaban a mi abuelo cuando yo era niño.
De noche, me tocó ver a un cadáver. Realmente no lo vi directamente, sólo alcance a distinguir la sábana blanca que lo cubría, nunca me ha sentado bien ver la muerte así de cerca. Bueno, casi nunca. Después que me enteraría que era un deudo que había ido precisamente a velar a un familiar difunto y fue entonces que recordé una vieja creencia que mi abuelo me solía contar y que decía que el difunto siempre se llevaba a un familiar, que podía ser el más querido por él o el más odiado.
Ya es de noche de nuevo. Tengo sueño, me voy a dormir pensando en por que nadie me ha llevado a mi. ¿Nadie me odia lo suficiente?
¿O será acaso que nadie me ama?